EL MUNDO NO SE DETIENE
Me gusta pensar a veces que mis problemas son lo suficientemente grandes como para que el mundo se detenga, digo, a veces para mi se detiene, entonces, ¿por qué para los demás no?.
En esos momento difíciles buscas la comprensión de todos, una mirada compasiva, pero, a veces, lo único que encuentras es la evasión, la indiferencia.
Cada vez que sufrimos una crisis por la perdida de algo o alguien surgen miles de emociones que llegan a ser abrumadoras, que no dejan pensar con claridad. Me vienen miles de ideas a la cabeza y mi imaginación se convierte en mi enemiga, bueno, al menos al principio. No sé a quien decirle primero, si contárselo a alguien o si guardarlo para mi, pero en mi interior tengo la certeza de que necesito sacarlo. No se puede quedar ahí.
Confieso que no siempre es sencillo, que no siempre me sale a la primera y de buenas, pero mis ojos digamos que no tienen ningún tipo de pudor cuando se trata de mostrar todas las lagrimas que tengo para derramar. Lloro, lloro mucho y lloro fuerte. Es mi super poder, me siento afortunada por poder hacerlo, lo abrazo de verdad, porque entiendo que no todas las personas tienen esa habilidad de hacerlo con tanta facilidad.
Con lo que batallaba era con el enojo. Ese era mi mayor pesadilla, mi bruno, de eso no podía hablar. Estaba muy peleada con la idea de mostrarme en esa faceta. Es que, ¿cómo era posible que yo pudiera sentirme así, cuando me sentía siempre bondadosa y buena?, no podía permitirme sentir rabia, ira y resentimiento, eso no me lo enseñaron en casa. Yo siempre debía ser la más buena y agradecida. Entonces, por culpa de esto, mis ojos decían, ¡no te preocupes!, ahí te va el llanto para camuflajear tu enojo en esa situación o discusión. Ahí era cuando me realmente sentía enojo, pero contra mi misma, por no poder argumentar sin llora.
Entonces, con mucho trabajo psicoterapéutico, algunos dibujos y mucha introspección, me permití sentir y mostrar la furia, el enojo y la ira; la frustración por llorar cada vez que discutía, mi dolor de estomago y mis migrañas disminuyeron.
Si platico de los “hubieras”, esos me sorprenden cuando se me acaban los argumentos y ,de noche antes de dormir, se me ocurren las más grandiosas, inteligentes y elocuentes respuestas que debí responder. Qué injusticia para mi pobre Luisa del pasado, el que yo la juzgue tanto por no tener la información y conocimientos que tengo ahora, que tengo para reclamar todo lo que debí haber hecho.
Pero después, con un poco de dificultad agarro esos hubieras, los amaso, los proceso y los transformo en aprendizaje para el futuro, porque para eso son. No se pueden quedar crudos, o los trabajo o se me quedan clavados en la espalda y no me dejan caminar erguida.
Entonces me veo en el espejo, veo mis ojos hinchados, mis mejillas sonrojadas y mi nariz más roja que la del mismo reno del que va la canción. Surgen otras chorrocientas emociones, pero ahora ya estoy preparada para aceptar. Me doy cuenta de que todo eso que viví, que me paralizó en un momento, que me provocó las ganas de entregarme al espiral de pensamientos depresivos, ya pasó. Que las flores siguen del mismo color, que el cielo es igual de inmenso, que las aves siguen volando a su propio ritmo y dirección. Nada se pausó, solo yo, porque la pelea, la pérdida, la situación fue mía. Porque mi proceso lo vivo yo a mi modo y aun que a una persona del otro lado del mundo le haya pasado lo mismo que a mi, jamás lo vivirá igual.
Descubro que, después de todo, el que el mundo y la vida sigan, aun que yo me haya tomado una pausa, lo hace más fácil.